4 1 descenso, a partir del cual la nada y el vacío absorberían, con su fuerza gravitatoria, a la pintura hasta hacerla desaparecer. En Tres frutas secas ( 1980 ) se encuentran, sobre la losa de mármol y contra la “pantalla” blanca texturada, los vegetales en trance de con- vertirse en cadáveres correosos; los bordes claveteados de la hoja de pergamino acentúan los atributos táctiles. En Cuatro frutos de duelo Nº 2 ( 1982 ), una de las frutas conserva todavía el verde vivo, mientras las otras se han entregado ya a su deleznable destino terroso. Frutos de duelo Nº 9 ( 1982 ), Frutos de duelo Nº 10 ( 1982 ) y Frutos de duelo Nº 16 ( 1983 ) son ejemplos conmovedores de la trayectoria recorrida en esta serie, en la que la paleta monocroma y los perfiles básicos de las frutas granulosas, descompuestas o casi fantasmales, entonan una insistente letanía melan- cólica y monocorde. Frutos de duelo logran condensar, literalmente, la esencia de la naturaleza muerta, esencia que no es abstracción, pero sí una reducción al mínimo, y que se ha obtenido mediante un proceso de desecación que produce restos enjutos de lo que fueron frutas jugosas. Luna contrita de negro Nº 87, 1988. 78 × 90 cm, lino y acrílico. JA087. sigue en la página 46
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