4 0 “Neg ro c l a ro”: e l g rado c e ro de l a p intura Al comenzar la década de los años ochenta, el artista afronta dos ex- periencias de pérdida que lo marcan profundamente. Por una parte, debe abandonar París y regresar a Colombia para atender con su esposa el taller textil, que se encuentra en una situación financiera difícil, y por otra, muere su padre. En sus propias palabras, “al llegar de nuevo a Bogotá (…) todo se volvió negro claro. No gris, sino negro claro. Y empecé a pintar los Frutos de duelo . Son muy grises y nadie los quería comprar y yo no entendía el rechazo. Era como cuando sacan de raíz un diente…” 40 . Estas experiencias se elaborarán mediante un significativo cambio de tema y de técnica. Deja de lado el dibujo, los jeroglíficos anatómi- cos, la iconografía simbólica de las mitologías y las hibridaciones de las Flores invisibles , y adopta la pintura de unas naturalezas muertas muy personales, en una extensa serie denominada Frutos de duelo . A lo largo de la década este motivo asumirá distintas variantes, con las que explora la expresión pictórica del luto. A pesar de que el agua del acrílico y el aceite del óleo se rechazan, obliga a los dos medios a coexistir, recu- rriendo a lijados sucesivos y a capas superpuestas de pintura, aplicadas sobre diferentes superficies. Una vez más, el punto de vista es desapasionado, atento, paciente y obsesivo. El artista no acude al gesto desgarrado ni a los colores estri- dentes. Suprime a propósito toda referencia al cuerpo humano, concen- trándose en el reino vegetal, en un espacio simplificado y en la creación de superficies ricamente elaboradas sobre tela, pergamino o madera. Destila una y otra vez, en el alambique de la pintura, una imagen básica desarrollada en diferentes variaciones. La composición, por lo general, consta de arreglos de dos o más frutas, vistas de frente y en primer plano, dispuestas sobre una losa de mármol pintada con preciosismo, sobre un terreno con fracturas, o bien, dentro de una suerte de ventana, antepecho o rellano. El mármol cumple con la función de ornamentar, pero refuerza también la sensación de dureza y frialdad. Con frecuencia, los elementos están enmarcados por recuadros a manera de telones de fondo que concentran la atención y realzan la silueta oscura de las for- mas irregulares de frutas y vegetales. Amaral entona una elegía en colores neutros, en la que el duelo en- carna y se hace masa yerta y silente. Aquí la poesía es la que restaña, de algún modo recóndito, la falta y la pérdida. Al despojarse de toda alu- sión a lo humano y al sexo, al concentrarse en una economía pictórica de anacoreta, desciende, por así decirlo, al grado cero de la figuración pictórica. Escenifica, con una austeridad desconocida en el arte colom- biano, la morosa pero irrefrenable metamorfosis de lo viviente en ma- teria inerte, de la que, al final, sólo queda un espectro ante los ojos del espectador. Pero el artista se detiene justo en el límite inferior de este De profundis, Nº 41, el sol sin sombras, 1984. 43 × 41 cm, tabla, lino, pergamino, acrílico y óleo. JA041. De profundis, Nº 44, 1985. 60 × 60 cm, tabla, lino, gesso , acrílico y óleo. JA044.
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