2 6 Entre 1975 y 1976 elaboró un conjunto de dibujos en los que predo- mina la idea de una figura femenina vista de perfil, difuminada sobre un fondo brumoso o sobre un muro agrietado. En torno al personaje evanescente proliferan partes corporales dispersas, tales como dientes, dedos, bocas y senos. En todos ellos, Isabelle es apenas un fragmento en curso de desaparición. A menudo carece de ojos y parece desvanecerse en medio de la dispersión de elementos anatómicos proyectados sobre grietas y desconchados; está convertida en una señal vaga de lo que fue. Las huellas del ser apenas están fijadas por unos dedos que sobreviven a las sombras, por unos dientes o pezones que recuerdan que hubo vida y pasión en medio de la disolución irrefrenable, según se aprecia en obras como Isabelle ( 1975 ), Reflexiones de Isabelle ( 1975 ), Isabelle descansando al amanecer ( 1975 ), Isabelle d’Este en lágrimas ( 1975 ), Nueve notas sobre Isabelle d’Este ( 1975 ), Paisaje con Isabelle d’Este descendiendo ( 1976 ), Isabelle d’Este suspendida en muerte ( 1976 ), Isabelle d’Este reminiscente ( 1976 ), Isabelle d’Este donde ella estuvo calladamente ( 1976 ), Variaciones sobre Isabelle d’Este Nº 1 y Nº 2 ( 1975 - 1976 ) y Las fallas de Isabelle ( 1976 ). A ellas se refirió Jacques Leenhardt en los siguientes términos: En los retratos de Isabelle d’Este, muy lejos del célebre modelo proporcionado por Leonardo da Vinci, una cabellera de vibrante sensualidad se funde en el perfil que se integra a la materia amorfa del muro y con el cual se confunde. Es como si el humanismo del Renacimiento regresara transportado en las espléndidas sombras y los mitos del Egipto faraónico. Allí el perfil es la nega- ción de la mirada directa y de su perspectiva: el retorno a la cripta faraónica, guardiana para la eternidad, como su gato, del delito vital 30 . Hijo de un río y de una mujer con aspecto de flor, el joven Narciso descubrió cierto día su reflejo en el agua y quedó extasiado ante su propia imagen. Sus acompañantes lo llamaron desde el bosque, pero no pudo responder: quedó preso “en un torbellino de pulsiones que sólo puede culminar en la metamorfosis: en él se cumple el destino de sus padres, en él se unen la flor y el agua del río” 31 . El mito de Narciso expresa también la duda sobre la propia identidad y un gran deseo de trascenderla mediante el recurso de entrar a otro mundo. De acuerdo con Salvador Fernández: Narciso es el nombre de un muchacho que se perdió en el mirarse a sí mismo, en el preguntarse si eso que ve existe de verdad . Aun así, esta tragedia aparen- te es, en cierto modo, necesaria pues, gracias a ella y al reflejo de su mirada circular, nace la conciencia que, de todas formas, también es triste, porque es conciencia de una lejanía, de una discontinuidad, de una duda de la propia persona (¿soy lo que veo?, ¿es lo que veo?, ¿soy el que ve?...). Hay algo impuro en esta mirada. Esa distancia, esa lejanía insuperable de los ojos que se buscan es, en cierto modo, perversa. La veleidad, la voluptuosidad que se manifiesta en el mirar narcisista es terrible, porque nunca existirá con- tacto real entre las dos personas —que son una y la misma— que se observan. La mirada no ve la mirada que la mira, el muchacho no alcanza al muchacho Isabelle d’Este en seis partes, 1976. 32 × 50 cm c/u, papel y lápiz. JA063 (1-6) .

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