2 4 largo de la cual exploró distintas posibilidades gráficas y compositivas, así como variados soportes (tela, pergamino, madera, papel) y combina- ciones de elementos. El resultado es un rico y sugestivo cuerpo de obras, dotadas de una intensa e inquietante poesía. Al referirse a este período de trabajo, el artista declaró 20 años más tarde: “Mucha gente se refiere a mi ‘época erótica’, yo más bien la llama- ría una declaración muy fría de la sexualidad” 26 . En efecto, los dibujos no incitan, excitan o sugieren. Más bien, parecen adscribirse a la filosofía sensualista de Condillac (1715-1780), que en el siglo xviii consideró que los sentidos son las únicas vías del conocimiento, que las ideas provenían de ellos y que las sensaciones eran las que daban origen a toda actividad psíquica; “existo porque siento”, podría haber sido su máxima, como podría ser también la que propone este conjunto de obras. A la dimensión de los sentidos se irá agregando la expresión del paso del tiempo como forma de traducir la conciencia del deterioro inexora- ble. Así, las superficies blancas van adquiriendo el óxido de los días, la pátina de los cuerpos ajados o el color de la inminente descomposición. Pardos, sepias, rosas, grises, violetas y ocres configuran una paleta aus- tera. Proliferan arrugas, bordes y dobleces desgastados por el trajín del uso que, a manera de metáfora, expresan un soliloquio de obsesiones, un clima de desasosiego y una poética de la ambigüedad, marcado todo ello por el amor a los materiales. Mi t o l óg i cas De los jeroglíficos del sexo y los sentidos, Amaral pasa a elaborar unas obras con un contenido literario más evidente, referidas a ciertos mitos antiguos de Occidente: “En realidad lo que a mí me interesa más es el problema literario de lo visual. Me interesa mucho más que ser un pintor puramente visual. Me parece más importante, más interesante, más inteligente” 27 . Tales referencias mitológicas sirven de inspiración para escenificar asuntos de mayor complejidad visual y psicológica: la identidad que se disuelve en la densidad de los sueños y en el estrago del tiempo; el yo y sus posibles dobles; la ambigüedad entre lo masculino y lo femenino; la mirada, el silen- cio y la muerte; la falta como una paradójica presencia permanente. Las principales referencias que emplea el artista son el retrato de Isabelle d’Este, dibujado originalmente por Leonardo da Vinci, así como las figuras paradigmáticas de Narciso, Orfeo, Tiresias y el hermafrodita. Isabelle d’Este ( 1474 - 1530 ), marquesa de Mantua, es considerada hoy una de las mujeres más destacadas y refinadas del Renacimien- to. Conoció a Da Vinci en Milán y le pidió que la retratara. Leo- nardo hizo al menos un dibujo de ella, pero finalmente no pintó Ojos, dientes, dedos, 1975. 36 × 33 cm, tabla, collage , papeles, gesso , lápiz y acuarela. JA078. Paisaje: detalle, 1975. 33 × 22 cm, tabla, papel, pergamino, lápiz y acuarela. JA077.
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